- REY ENIGMA
Por: Luis Fernando Reyes
En México se ha instalado una costumbre peligrosa: confundir la ausencia de una crisis formal con una buena situación económica. Hoy, los datos muestran que el país atraviesa una desaceleración evidente, aunque todavía no pueda hablarse con absoluta certeza de una recesión. Sin embargo, quedarse en esa discusión técnica sería reducir un problema mucho más profundo, porque el verdadero fondo del asunto es que la economía mexicana vuelve a moverse a un ritmo insuficiente para responder a las necesidades reales de la población.
El país no vive un desplome abrupto, pero sí un enfriamiento que ya manda señales preocupantes. La caída en la actividad económica mensual, el retroceso de la inversión y el deterioro en la calidad del empleo revelan que algo no marcha bien. Tal vez las cifras macroeconómicas todavía permitan evitar la etiqueta de recesión, pero en la vida cotidiana de millones de personas la sensación es otra: el dinero alcanza menos, el trabajo formal no crece como debería y la estabilidad que se presume desde los discursos oficiales no siempre se refleja en los hogares.
Uno de los puntos más delicados es la inversión. Cuando las empresas dejan de apostar por maquinaria, equipo o expansión, lo que en realidad están diciendo es que no ven condiciones claras para crecer. Y sin inversión, no hay crecimiento sólido ni empleo de calidad. Ese es uno de los principales focos rojos para México, porque mientras el consumo de las familias ha logrado sostener parte de la actividad económica, ese impulso tiene límites. No se puede cargar indefinidamente a los hogares con la responsabilidad de mantener viva una economía que no termina de fortalecerse desde sus bases productivas.
A esto se suma una realidad laboral que suele maquillarse con la baja tasa de desempleo. Sí, muchas personas tienen trabajo, pero no necesariamente uno digno, estable o suficiente. La informalidad sigue siendo altísima, la subocupación crece y cada vez más personas laboran en condiciones críticas. Es decir, el problema no solo es cuántos trabajan, sino cómo trabajan y cuánto ganan. Ahí está uno de los grandes pendientes de México: generar empleo que verdaderamente mejore la vida de las personas, no solo estadísticas que permitan presumir estabilidad.

La inflación, aunque más contenida que en otros momentos, tampoco deja de presionar. Cuando los precios siguen altos y el crecimiento económico pierde fuerza, la población queda atrapada en una combinación incómoda: menos dinamismo, menos oportunidades y más dificultad para sostener el gasto diario. En ese escenario, cualquier choque externo puede agravar el panorama, sobre todo en una economía tan dependiente de factores internacionales como la mexicana.
Lo preocupante es que México parece haberse acostumbrado a crecer poco y a celebrar demasiado pronto. No estar en recesión no equivale a tener una economía sana. A veces da la impresión de que el país administra su debilidad y luego la vende como estabilidad. Pero una economía que apenas avanza, que no acelera la inversión, que mantiene altos niveles de informalidad y que depende de que el consumo aguante unos meses más, no puede considerarse una economía fuerte.
Lo que viene para México, si no hay cambios de fondo, apunta más a un año gris que a uno catastrófico: crecimiento bajo, incertidumbre, fragilidad y una percepción social de estancamiento. No sería extraño que el país logre esquivar una recesión técnica, pero eso no resolvería el problema principal. El riesgo más serio no es solo caer en recesión, sino acostumbrarse a vivir en una economía mediocre, incapaz de despegar y demasiado débil para ofrecer bienestar real a su gente.
México necesita algo más que resistir. Necesita crecer de verdad. Porque cuando un país se conforma con no estar peor, en realidad ya empezó a renunciar a estar mejor.

