ECO DE LA MAÑANA
Por Azucena Ponce Figueroa
La vida suele recordarnos, cuando menos lo esperamos, que nada está completamente asegurado. Todo puede cambiar en un segundo, modificar nuestra realidad de un día para otro, y el dinero deja de representar comodidad y se convierte en algo mucho más sencillo como la posibilidad de seguir adelante. Romantizar que el aspecto monetario no importa, no me parece honesto porque cuando hay que comprar un medicamento, pagar una consulta médica, llevar alimentos a casa, sostener la educación de los hijos o enfrentar un imprevisto sin que el mundo parezca derrumbarse, sí importa, también en la cotidianidad, como comprar un helado, celebrar un cumpleaños, hacer un viaje. La estabilidad económica no garantiza la felicidad, pero sí regala algo que pocas veces apreciamos hasta que falta: la tranquilidad.
Precisamente ahí nace esta reflexión, a algo mucho más humano pero que tiene bastante relación con una economía estable o la falta de ella, es que nunca debería importar para decidir cuánto vale una persona.
Sin darnos cuenta, admiramos muchas cosas, pero casi nunca las correctas. Se nos instaló una idea que hoy parece completamente normal, el hecho de que mientras más caro sea lo que poseemos, mayor será nuestra valía ante los demás. Nadie nos lo enseñó en una clase. Lo aprendimos en la publicidad, observando las redes sociales y, muchas veces, copiando la manera en que la sociedad decide a quién admirar, creyendo que el éxito se veía, que el prestigio se vestía y que el respeto podía adivinarse por el automóvil que alguien maneje o el lugar en donde vive o el logotipo estampado en la camiseta que lleva puesta.
Las marcas dejaron hace mucho de vender únicamente ropa, relojes o automóviles, venden algo mucho más poderoso: la promesa de pertenecer, de ser admirados, de sentirnos importantes. Y, aunque pocas veces lo reconocemos, esa estrategia ha sido extraordinariamente efectiva. Hay quienes creen que un logo hablará mejor de ellas que su educación, su carácter o la manera en que tratan a los demás.
No hay nada de malo disfrutar aquello por lo que hemos trabajado. Al contrario. Todos merecemos vivir mejor, cumplir metas y darnos gustos sin sentirnos culpables. Lo preocupante comienza cuando el precio de las cosas termina definiendo la forma en que miramos a la gente, sobre todo porque los más jóvenes con tanta imagen falsa a su alcance desean copiar estilos de vida a costa de lo que sea para parecer parte de un mundo al que creen que solo se entra con capital.
Por otro lado, nos hemos repetido durante años que la pobreza vuelve automáticamente bondadosa a alguien y que el éxito monetario la convierte en egoísta o insensible. La vida no funciona así. Hay quienes con enormes limitaciones económicas son incapaces de tender la mano a quien lo necesita y también he tenido el privilegio de encontrarme con hombres y mujeres que han construido un patrimonio importante y cuya generosidad es tan discreta que casi nunca aparece en las fotografías.
Hace algunos años, por cuestiones de trabajo, tuve la oportunidad de convivir con empresarios y seres humanos de un importante poder adquisitivo. Más de una vez necesité tocar sus puertas para pedir apoyo a distintos proyectos. Lo hice porque conocía su calidad humana mucho antes que el tamaño de sus empresas. Y casi siempre sucedió lo mismo, fueron los primeros en decir que sí, sin preguntar qué recibirían a cambio ni buscaban aparecer en la primera fila. Simplemente ayudaban porque podían hacerlo y entienden que el éxito también se comparte.
Esta experiencia me hizo comprender que una cuenta bancaria también habla de generosidad, empatía, honestidad y decencia no solo de un saldo.
Hace unos días encontré una imagen que hablaba del verdadero lujo. Decía que el lujo era dormir tranquilos, tener salud, compartir la mesa con quienes amamos y vivir sin ansiedad. Mientras la leía pensaba que no hacía falta elegir entre una cosa y otra. Ojalá todos pudiéramos disfrutar de buena salud y también de estabilidad económica. Ojalá nadie tuviera que decidir entre pagar un tratamiento médico o cubrir la renta. Ojalá trabajar alcanzara para vivir con mejor y para disfrutar esos pequeños momentos que hacen ligera la existencia. El recurso monetario no está peleado con la paz; muchas veces puede ayudar a conservarla y ayuda a resolver muchas necesidades, pero jamás debería convertirse en la medida de quiénes somos.
Tal vez el verdadero lujo consista en conservar la capacidad de mirar a los demás con el mismo respeto cuando la vida les sonríe y cuando no. Porque las circunstancias cambian, el dinero viene y va, los patrimonios pueden construirse o desaparecer y lo que permanece es la manera en que elegimos tratar a los demás sin que haya nada que influya.

