¡A mi salud!

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  • ECO DE LA MAÑANA

Por: Azucena Figueroa

Hay brindis que nacen de la alegría y otros que llegan después de un buen susto. Hace unos días el mío fue distinto. Un aumento importante en la presión arterial vino acompañado de mareos y de esa sensación que aparece cuando el cuerpo decide recordarnos que también tiene límites. Por fortuna pude recuperarme, pero bastaron unos minutos para cambiar la forma en la que veía muchas cosas.

Con frecuencia creemos que todo seguirá funcionando igual. Algunos porque nos sentimos jóvenes, otros porque nunca hemos pasado una noche en un hospital, otros porque procuramos alimentarnos mejor o mantenemos una rutina de ejercicio. Sin darnos cuenta, terminamos convencidos de que existe una especie de membresía VIP que nos mantiene lejos de los problemas. La realidad siempre encuentra la manera de recordarnos que eso no existe.

Nunca he sido una persona quieta. El movimiento ha formado parte de mi historia desde hace muchos años y, precisamente por eso, el susto me tomó por sorpresa. Comprendí que cuidarse no significa vivir con la certeza de que nunca pasará nada. Significa llegar en mejores condiciones a los desafíos que tarde o temprano aparecen para todos.

A cierta etapa de la existencia también llegan responsabilidades que nadie nos explicó. De pronto seguimos siendo hijos, pero al mismo tiempo comenzamos a cuidar de quienes antes nos cuidaban. Aprendemos sobre hospitales, medicamentos, trámites, citas médicas y decisiones difíciles. Esa tarea llega sin pedir permiso, escondida en una cláusula que nunca leímos cuando empezamos a construir nuestra propia historia. Mientras tratamos de cumplir con el trabajo, la familia y las preocupaciones de cada día, solemos colocarnos al final de la lista. Nos repetimos que ya habrá tiempo para descansar, para atender una molestia, para dormir mejor o simplemente para bajar el ritmo. El calendario avanza y nosotros seguimos posponiéndonos.

En medio de todo ese recorrido descubrí algo que siempre estuvo frente a mí, levantarse sin dolor, caminar con seguridad, respirar sin esfuerzo, trabajar, abrazar a quienes amamos y regresar a casa después del trabajo son privilegios silenciosos. Casi nunca les damos el valor que merecen porque aparecen todos los días, hasta que dejan de hacerlo con la misma facilidad.

Tampoco sería justo culpar únicamente a nuestras decisiones. Muchos crecimos en una época donde el refresco acompañaba la comida, el pan era parte del desayuno y las frituras llenaban las loncheras. Nadie hablaba de etiquetas nutrimentales, de contar pasos o de fortalecer los músculos para conservar independencia con el paso de los años. Nuestros padres hicieron lo mejor que pudieron con la información que tenían. Hoy sabemos mucho más y ese conocimiento merece traducirse en acciones sencillas.

No hace falta transformar la rutina de un día para otro ni convertirnos en atletas. A veces basta con dejar de buscar pretextos. Pachuca sigue siendo una ciudad amable para caminar. Tres kilómetros pueden recorrerse sin dificultad, tenemos una ciclovía muy céntrica en la que cada vuelta representa una pequeña inversión para el futuro.  Quizá nunca participemos en un maratón, pero tampoco hace falta hacerlo para empezar a construir una mejor versión de nosotros mismos.

Me gusta pensar que dentro de veinte años veremos una generación distinta. Ojalá quienes hoy comienzan a incorporar pequeños hábitos lleguen a esa etapa con mayor fortaleza, más autonomía y menos limitaciones de las que hoy parecen inevitables. Tal vez el cambio no ocurra en los consultorios ni en las campañas de prevención. Tal vez empiece con una caminata por la tarde, con un vaso de agua en lugar de un refresco o con la decisión de escuchar al cuerpo antes de que sea él quien tenga que levantar la voz.

Entendí que brindar no siempre significa celebrar. A veces también representa agradecer. Hoy lo hago desde ese sentimiento, más consciente y comprometida que nunca, con un motivo diferente: ¡A mi salud!

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