México ante el termómetro roto

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CRONOPIO

Santiago Obregón Obregón

Por años, el cambio climático fue percibido en México como un problema lejano, casi abstracto, algo que ocurría en los polos o en países industrializados. Hoy, esa narrativa ya no se sostiene. El calor se siente distinto, las lluvias llegan tarde o con furia, y los desastres naturales han dejado de ser excepciones para convertirse en una constante.

México es particularmente vulnerable. No solo por su ubicación geográfica, sino por sus profundas desigualdades sociales. Sequías prolongadas en el norte, huracanes más intensos en las costas y lluvias torrenciales en el sur son ya parte del nuevo paisaje nacional. En los últimos 50 años, la temperatura promedio del país ha aumentado alrededor de 0.85°C, una cifra que parece pequeña, pero que tiene consecuencias enormes.

El problema no es únicamente natural: es, sobre todo, humano. La dependencia de combustibles fósiles, el crecimiento urbano desordenado, la deforestación y un modelo económico que prioriza el corto plazo han acelerado la crisis climática. Sectores como el transporte, la industria y la generación de electricidad son responsables de una gran parte de las emisiones contaminantes en el país.

Pero lo más preocupante no es solo lo que ocurre, sino lo que podría ocurrir si no actuamos. El cambio climático amenaza con profundizar la pobreza, afectar la producción de alimentos y aumentar los riesgos para millones de personas. En un país donde la desigualdad ya es estructural, el clima puede convertirse en el gran multiplicador de injusticias.

Sin embargo, México también tiene una oportunidad histórica: la de corregir el rumbo. Mejorar la situación no es una utopía, pero requiere decisiones firmes. Primero, es indispensable apostar por energías limpias. El país tiene un enorme potencial solar y eólico que sigue subutilizado. Segundo, es urgente replantear el modelo de movilidad urbana: menos automóviles, más transporte público eficiente y accesible.

También es clave proteger los ecosistemas. Los bosques, selvas y manglares no solo son riqueza natural: son barreras contra el cambio climático. Frenar la deforestación y restaurar ecosistemas debería ser una prioridad nacional.

A nivel ciudadano, el cambio también cuenta. Reducir el consumo energético, optar por transportes sostenibles y exigir políticas ambientales más ambiciosas son acciones que, sumadas, pueden generar un impacto real.

México ya cuenta con leyes e instrumentos para enfrentar el cambio climático, pero el reto está en aplicarlos con seriedad y continuidad. Porque el problema no es la falta de diagnósticos, sino la falta de voluntad.

El cambio climático no es el futuro: es el presente. Y en México, ese presente ya comenzó a sentirse. La pregunta no es si podemos hacer algo, sino si estamos dispuestos a hacerlo antes de que sea demasiado tarde.

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