Lecciones que nos transforman

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  • ECO DE LA MAÑANA

Por: Azucena Ponce Figueroa

Qué cantidad de personas coinciden con nosotros en tiempo y espacio, en situaciones inesperadas o por casualidad. Muchas se quedan, se mantienen cerca y seguramente se generan vínculos más próximos. Algunos llegan a quedarse y muchos cumplen un ciclo en nuestra vida; jamás sabemos más de ellos.

Obviamente, para que esto ocurra hay un montón de circunstancias que los hacen permanecer o no, una cadena constante, y es de agradecer, porque sobre todo la amistad puede construirse a lo largo de los años en diferentes etapas, a veces sufriendo distanciamientos, otras tantas volviéndose más fuerte cada día.

De igual forma, los noviazgos que se concretan en matrimonios o cualquier tipo de relación que les funcione como pareja, y en esta convergencia y comunión aprendemos a convivir, a empatizar, a comprender y muchos otros verbos positivos que acompañan las relaciones humanas.

Pero, ¿qué ocurre con las otras formas de vivir, de pensar o de ser? Aquello con lo que no comulgamos porque simplemente la forma en cómo se conducen no nos agrada, y en nuestro libre albedrío decidimos lo que no queremos ser, ni parecer ni dirigirnos, y es un sentimiento muy válido. Poner tierra de por medio seguramente es lo más sano, pero ¿qué pasa cuando el tipo de gente con la que no compaginamos, por motivos que están fuera de nuestro alcance, debemos convivir y relacionarnos? Por ejemplo, en el trabajo, el colegio, o porque compartimos la amistad o el vínculo con alguien y forzosamente debemos convivir.

Aquí lo meramente importante es identificar que nuestra forma de ser nada tiene que ver con la de la otra persona y que, efectivamente, aprendemos a no ser como aquella gente que, a nuestro parecer, actúa en contraposición de la nuestra.

Ahora bien, existe quien, sabiendo que su conducta afecta a los demás, jamás se detiene para hacer conciencia y encontrará una y mil formas de justificarse, y seguramente su opinión es que el resto de las personas es quien está mal; los desvaloriza y tacha de tontos y no moldeará porque considera que es ir junto con la corriente.

Me gustaría decirles que estos casos se presentan exclusivamente en ciertos momentos, en lugares específicos, pero desafortunadamente todos estamos expuestos a toparnos con malos momentos a consecuencia de la diversidad tan necesaria.

Nuestras condiciones sociales, económicas, psicológicas y familiares creo que todo se engloba en cómo nos conducimos, cómo tratamos a los demás, cómo afrontamos los problemas y crisis. Es difícil de comprender, pero incluso el trato con la gente cuya actitud desentona con la nuestra otorga experiencias con un propósito.

Nos enfrentan a escenarios donde la lealtad parece que fuera negociable, donde el respeto se diluye, no hay cabida para los valores universales y quisiéramos jamás habernos encontrado con ciertas personas. Muestra perfecta de que no siempre lo legal, lo honesto o lo transparente van de la mano de alguien a quien creíamos de diferente manera.

Creo que estos encuentros desventurados nos permiten autocalificarnos, sobre todo porque las buenas personas se encuentran en extinción, a veces se nos olvida en la inocente creencia que los demás se manejan de la misma manera, por lo que, para mala fortuna, quienes en nuestra práctica diaria lo positivo y legal existe a cada segundo, solo por eso, creo que debemos sentirnos increíbles y valorados.

Porque jamás una deslealtad tendrá que sufrir, porque puede corroborar que la amistad sí existe, que las mujeres podemos apoyarnos a pesar de la creencia de que podemos destruirnos.

Nuestros hijos siempre encontrarán un apoyo continuo, el amor incondicional y la certeza de tener el cobijo además de los valores, en espera de que las generaciones posteriores vengan saturadas de la misma manera.

Sin duda, hay personas que nos enseñan desde su carencia, en empatía y su crítica constante disfrazada de opinión, o desde la facilidad con la que toman lo que no les pertenece, háblese de confianza, afecto o incluso recursos materiales. Nos muestran cómo no hacer las cosas, cómo no ser ese tipo de gente.

Quizá el camino para percatarnos de ello suele ir acompañado de desilusión, enojo y muchas cuestiones, principalmente sobre cómo fue que les abrimos la puerta y les dimos la confianza, pero también fortalece nuestra identidad, porque lejos del castigo aparece la oportunidad de eliminar esas actitudes que no tienen cabida en nuestro contexto.

También nos enseña la valiosa lección de no ser para todos y nos recuerda que poner límites no es un acto de rechazo hacia otros, sino de respeto hacia uno mismo. A partir de ahí tenemos la oportunidad de reconocer lo que no nos hace eco, e identificamos aquello que no queremos repetir, y da paso a la construcción de una versión propia a la hora de relacionarnos.

Nos enseñan, en muchos casos, a reaccionar distinto, a elegir con mayor cuidado, a responder desde la calma y nos vuelven más cautelosos como una manera de autocuidado, a modo de protección energética.

Al final, vivir no se trata de acumular personas, sino de emparejar con quienes suman, porque la lección que nos deja todo esto, es el entendimiento de que a pesar de no haber podido elegir, lo que duele e incluso se va, también nos construye, para dar paso a una nueva versión propia más consciente, con la certeza de que cada encuentro, por muy breve que sea, tiene algo que enseñarnos.

Porque si hay una verdad en todo esto es que no todas las personas se quedan, pero sin excepción, todas llegan para transformarnos.

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