Gran aliado de la política es el futbol

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EL TLACUILO

Por Arturo Moreno Baños

Los gobiernos necesitan oxígeno. Algunos lo consiguen con crecimiento económico. Otros, con seguridad. Y algunos, simplemente, esperan a que ruede un balón.

En las circunstancias actuales, el Mundial de futbol pudo convertirse en el mejor aliado político de Claudia Sheinbaum. No porque resuelva los problemas del país, sino porque los pone en pausa.

Durante unas semanas México dejo de hablar de violencia, corrupción, déficit económico o crisis institucional para discutir alineaciones, jugadas exquisitas y arbitrajes. Los mexicanos estuvimos en suspensión emocional que termino cuando justo México quedo eliminado del mundial y por tanto para todo mexicano incluso el evento del balompié ya termino.

El futbol tiene una virtud que la política envidia: produce comunidad instantánea. Millones de personas que no coinciden en casi nada se abrazan por un gol. El himno nacional frente a una pantalla o, mejor aún, en el estadio, genera más unidad que decenas de discursos presidenciales. Mientras juega la Selección, la patria se encarna en una camiseta.

Los políticos de todo el mundo entienden perfectamente ese mecanismo. Desde hace décadas, el espectáculo deportivo sirve para bajar la temperatura pública. No elimina los problemas, pero si reduce temporalmente la presión social.

Roma tenía gladiadores. México tiene transmisiones patrocinadas, mesas de análisis y repeticiones en alta definición.

Sheinbaum pudo beneficiarse incluso sin intervenir demasiado. Bastaba con acompañar el entusiasmo colectivo, aparecer en el momento adecuado y no romper la atmósfera festiva. De hecho, bajó el balón con destreza al negarse a ir al estadio y optar por seguir los partidos desde el Zócalo. Ahí juega de local, controla todo. Vil populismo que le sirvió.

Se evito el bochorno de recibir una rechifla en un estadio donde se encuentra la clase media y la clase alta. Ella no fue a un palco en el estadio, le basto el Zócalo. Pocos jefes de Estado han logrado superar la prueba del estadio en los mundiales. En el estadio, la gente chifla y ella evitó sagazmente una situación incómoda.

Durante un mes el balón gobierna. Hay algo profundamente revelador en todo esto. México desconfía de sus instituciones, sospecha de sus políticos y critica ferozmente a sus gobernantes, pero sigue creyendo, torneo tras torneo, en una Selección que casi siempre termina decepcionándolo.

Por supuesto, el efecto tiene fecha de caducidad. Cuando termine el Mundial, al país regresan la violencia, la inflación, los pendientes fiscales y las disputas políticas. La resaca pública suele ser proporcional a la euforia previa. Ningún partido tapa una crisis indefinidamente. Eso sí, mientras dure el torneo, el poder se toma un respiro.

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