- ECO DE LA MAÑANA
Por Azucena Ponce Figueroa
Seré muy sincera, hablar de futbol no es lo mío, no puedo explicar una alineación, ni discutir estrategias, mucho menos participar en una mesa de análisis deportivo sin que se note, casi de inmediato, mi falta de conocimiento al respecto. Pero hay algo que sí sé: disfrutar de los preparativos, el ambiente y la expectativa que se genera cuando la selección de México juega un Mundial. Sin duda, eso sí me contagia. Y desde ese punto de vista es que escribo sobre ello.
Y es que el Mundial nunca ha sido solamente futbol. Su contexto se acerca a todos: el álbum de estampas y los intercambios en diferentes puntos de la ciudad y en los colegios, las redes sociales, la venta de distintivos, las conversaciones sobre pronósticos, posibilidades, costos de boletos, un sinfín de temas que dan pie a debates informales y horas de pláticas sobre los equipos y las fechas en que habrán de jugar.
Sin dejar de mencionar las canciones que se crearon, unas aplaudidas y otras criticadas; los comerciales, las banderas en los autos y en las ventanas de las casas. Todo se conjuga en una celebración muy mexicana. Los comentaristas deportivos que diariamente nos ofrecen su punto de vista e información relevante y aquí voy a hacer un paréntesis: justo hace un año abordé en mi columna la escasa presencia de mujeres en las transmisiones de los grandes eventos futbolísticos. Confiaba en que este año tuvieran más espacios, más liderazgo por su capacidad. Mujeres que han estudiado el deporte, que lo analizan profesionalmente y que incluso lo han practicado. Comunicadoras que durante años han trabajado para ganarse un espacio frente a las cámaras y detrás de los micrófonos. En fin, creo que esperaré cuatro años más para que encuentren la posición que llevan tanto tiempo construyendo y mereciendo.
Volviendo a lo anterior, muy por encima de las críticas de que se conocía desde hace mucho que seríamos anfitriones y de los memes que no se han hecho esperar sobre la organización, cuando por fin llegó el momento y arrancaron las ceremonias, cuando comenzaron a llegar personas de distintos países y las ciudades empezaron a llenarse de colores, idiomas y acentos diferentes, algo cambió. De pronto apareció una versión muy mexicana de nosotros mismos: la que quiere que todo salga bien. La que ayuda al extranjero que no encuentra una dirección. La que recomienda dónde comer. Esa que presume nuestra gastronomía, música, tradiciones y la calidez que siempre nos ha caracterizado como excelentes anfitriones. Porque más allá de los resultados deportivos, México siempre ha tenido una extraordinaria capacidad para recibir y mostrar quiénes somos.
Y hago otra pausa, porque lo que sí me sorprendió bastante es que Pachuca, la que orgullosamente presume el título de “Cuna del Futbol” en México, esperaba ver una participación mucho más entusiasta cuando llegó la selección que hospedaría nuestra ciudad durante estos días mundialistas. Quizá me equivoque, pero percibí cierta apatía. No vi las multitudes que imaginaba buscando una fotografía o un autógrafo. No aprovechamos, en el mejor sentido, estar en el foco de esta disciplina, sobre todo porque uno podría esperar de una ciudad cuya identidad está tan ligada a este deporte, un momento para hacer sentir a nuestros visitantes que estaban llegando a un sitio donde el futbol no es solamente una actividad deportiva, sino parte de una herencia cultural. Y no lo comento a manera de reclamo, más bien como reflexión.
Por otro lado, me queda claro que nuestro país enfrenta desafíos importantes y existen temas complejos que nos preocupan y realidades que no desaparecen porque haya una fiesta deportiva. Sería ingenuo pensarlo. Pero también creo que los seres humanos necesitamos espacios para celebrar y que nos permitan encontrarnos en algo distinto a las preocupaciones cotidianas. Necesitamos entusiasmarnos y compartir experiencias que, aunque parezcan sencillas, terminan convirtiéndose en recuerdos comunes. Esto es precisamente lo que está ocurriendo. Hay acontecimientos que trascienden el interés personal y terminan formando parte de una vivencia compartida, y valen la pena simplemente porque nos permitimos vivirlos.
No sé hasta dónde llegará la selección ni cuántas victorias nos regalará este Mundial. Lo que sí sé es que, durante estos días, millones de personas compartiremos una misma ilusión, incontables conversaciones y un mismo orgullo. Y en tiempos donde tantas cosas nos dividen, eso ya tiene un valor enorme. Porque más allá del futbol, esta será una de esas experiencias que recordaremos por lo que nos hizo sentir y por la manera en que nos encontramos unos con otros.

