CRONOPIO
Por Santiago Obregón
La música ha sido, desde siempre, una forma de expresión capaz de acompañar momentos importantes, unir generaciones y transmitir ideas, sentimientos y valores. A través de una canción se podía hablar del amor, la amistad, la familia, el esfuerzo, la esperanza y hasta de las injusticias sociales. Sin embargo, en los últimos años, parece que una parte de la música popular ha comenzado a perder esa esencia.
No se trata de afirmar que toda la música actual es mala, ni de pensar que cualquier época pasada fue mejor. Cada generación ha tenido sus propios ritmos, estilos y formas de expresarse. El problema surge cuando la violencia, el exceso, la humillación, el dinero fácil y la falta de respeto se presentan como ejemplos de éxito.
Hoy, muchas canciones que alcanzan los primeros lugares hablan de relaciones superficiales, del consumo de sustancias, de la cosificación de las personas o de una vida basada únicamente en el poder económico. Estos mensajes se repiten constantemente en redes sociales, fiestas y plataformas digitales, hasta llegar a normalizar conductas que antes eran cuestionadas.
La música influye en la manera en que hablamos, pensamos y nos relacionamos. Especialmente durante la infancia y la adolescencia, las letras pueden convertirse en referentes de comportamiento. Cuando un joven escucha repetidamente que para ser respetado debe tener dinero, dominar a los demás o demostrar agresividad, existe el riesgo de que termine considerando esos comportamientos como algo natural.
Pero la responsabilidad no pertenece únicamente a los artistas. También corresponde a las familias, las escuelas, los medios de comunicación y a la sociedad en general. Prohibir canciones no resolverá el problema. Lo verdaderamente importante es enseñar a escuchar con sentido crítico, dialogar sobre los mensajes y demostrar, con el ejemplo, que el respeto, la honestidad, la empatía y la responsabilidad siguen teniendo valor.
También debemos reconocer que existen muchos artistas jóvenes que utilizan la música para hablar de salud mental, igualdad, superación personal, amor propio y justicia social. Ellos demuestran que la creatividad no está peleada con los valores y que es posible conectar con las nuevas generaciones sin recurrir a mensajes destructivos.
Los valores no se están perdiendo únicamente por culpa de la música. Se debilitan cuando dejamos de practicarlos, cuando la indiferencia se vuelve costumbre y cuando admiramos más la fama que la calidad humana. La música solamente refleja, en buena medida, aquello que como sociedad estamos consumiendo y premiando.
Por ello, debemos recuperar la capacidad de elegir lo que escuchamos y de preguntarnos qué mensajes estamos transmitiendo. La música puede entretener, pero también puede educar, inspirar y transformar. Depende de nosotros decidir si queremos que sea solamente ruido de fondo o una herramienta para construir una sociedad más consciente y humana.

