- REY ENIGMA
Por Luis Fernando Reyes
En política no siempre se necesita una sentencia para que el desgaste comience. A veces basta con que los expedientes, los apellidos y las investigaciones extranjeras empiecen a cruzarse en el mismo mapa.
Eso es lo que hoy ocurre con Morena frente a casos como los de Alfredo Ramírez Bedolla, en Michoacán, y Rubén Rocha Moya, en Sinaloa. No son casos idénticos, pero sí comparten un mismo problema de fondo: la sombra de presuntos vínculos criminales alrededor de gobiernos emanados del partido en el poder.
En el caso de Ramírez Bedolla, hasta ahora no existe una acusación pública del Departamento de Justicia de Estados Unidos directamente contra él. Lo que sí está documentado es que Adalberto Fructuoso Comparán Rodríguez, “El Fruto”, exalcalde de Aguililla y señalado como líder de Cárteles Unidos, fue acusado en Estados Unidos por un caso de más de 500 kilos de metanfetamina; en ese mismo expediente aparece su hijo, Adalberto Comparán Bedolla.
El gobernador michoacano ha rechazado señalamientos recientes, incluso versiones sobre una supuesta cancelación de visa estadounidense, que calificó como falsas. Sin embargo, el tema vuelve una y otra vez porque la política no solo se mide en tribunales, también en percepción pública.
El caso Rocha Moya es más grave en términos jurídicos. El Departamento de Justicia de Estados Unidos reveló una acusación formal contra el gobernador de Sinaloa y otros funcionarios por presuntos delitos de narcotráfico y armas ligados al Cártel de Sinaloa. La propia autoridad estadounidense precisa que se trata de acusaciones y que los señalados deben presumirse inocentes mientras no exista una sentencia.
Ahí está el símil incómodo para Morena: dos estados gobernados por el mismo partido, ambos estratégicos para grupos criminales, ambos con procesos electorales cuestionados por violencia o presunta intervención del crimen, y ambos convertidos en argumentos para quienes acusan una tolerancia política frente a la narcopolítica.
Morena enfrenta entonces un dilema: cerrar filas bajo el discurso de persecución política o asumir que el costo de la duda también erosiona. Porque cuando un partido presume transformación, pero sus gobiernos aparecen rodeados de expedientes, familiares incómodos o investigaciones extranjeras, el daño ya no solo es para una figura pública, sino para toda una marca política.
El problema no es únicamente lo que diga Estados Unidos. El problema es que, en México, la ciudadanía cada vez cree menos en deslindes dichos a medias. Y cuando la política se llena de sombras, tarde o temprano alguien tiene que prender la luz.

