EN MI SANO JUICIO
Por Bertha Orozco
“…ni siquiera sientas pena por dejarme, que ese pacto no es con Dios”.
Álvaro Carrillo, Se te olvida.
Sí, ya se, todos mis artículos empiezan igual.
Mis cuatro lectores habituales quizá ya lo notaron. Otra vez una historia conocida, y otra vez alguien que dijo algo en medio de una sala, de una llamada telefónica o de una sobremesa cualquiera; después yo, tratando de entender algo, como si todavía creyera que las grandes discusiones siempre entran por la puerta de la cocina.
Me pregunto si no me habré vuelto predecible; si alguien abrirá el texto pensando: “A ver ahora quién le contó qué”; o peor, si en realidad ya nadie me lee y yo sigo aquí, escribiendo como quien deja encendida una lámpara en una casa donde todos se fueron a dormir temprano.
Y sin embargo, sigo haciéndolo. Desconfío de las ideas demasiado limpias o de las discusiones donde todo cabe en cifras o en consignas. Irene Vallejo escribe que llevamos siglos reuniéndonos alrededor de alguien que cuenta algo, urdiendo historias, porque antes de las leyes y de los discursos, ya estaban estas o una voz diciendo: esto fue lo que pasó.
Hay cosas que no terminamos de entender hasta que le ocurren a alguien concreto; por ejemplo, la pobreza o la vejez o el miedo a quedarse sin nada. La pobreza cambia cuando tiene la voz de alguien que conoces.
Por ejemplo, mi tía Chela, que llegó por segunda vez a la vida de mi mamá con una llamada de teléfono: ¿y ahora qué hago, a dónde voy?
Cuando enviudó no tenía casa, no tenía dinero, no tenía a nadie. Los hijos de su marido, que nunca fueron suyos, ya le habían explicado que no tenían ninguna obligación con ella. Y tenían razón.
Mi tía Chela se casó como todas las mujeres de su generación, fácil, porque no tenían otra opción. Nunca tuvo hijos y durante décadas cuidó a su marido, le dio medicinas, lo acompañó hasta el final. Trabajaron juntos vendiendo comida, pidiendo apoyos, sobreviviendo. Ninguno de los dos tuvo contrato, ni sindicato, ni cotización para un retiro. Cuando él murió, ella se quedó sin nada, sin casa, solo se tenía a ella misma.
Hoy tiene una edad que no dice, y no por esa costumbre absurda que tenemos las mujeres de esconder los años como si fueran una vergüenza; sino porque dice que si se enteran que tiene 80 años, “la corren”.
Llega al Soriana antes de que la ciudad despierte, espera su turno, empaca bolsas, recibe propinas. Toma sus medicinas y toma muchas, aunque su cuerpo tiene una salud de oro que ella misma no termina de creerse. Luego regresa a casa, reza, visita a alguna vecina, ve la televisión en la pantalla que se compró con una oferta de la misma tienda donde trabaja. Esa televisión es suya, pagada con su dinero; y es quizás la primera cosa verdaderamente suya en toda su vida. Tiene la “Pensión del Bienestar”: 6 mil 400 pesos cada dos meses; tiene las propinas y renta un departamento pequeño. Su único compañero durante diecisiete años fue un gato que acaba de morir. Hace poco dijo que nunca había tenido tanto dinero para ella sola.
Ella es la conversación que nadie quiere tener, porque se asemeja a de los millones de mexicanas y mexicanos que llegaron a la vejez sin que el sistema los hubiera visto nunca. Así, sin contrato, sin cotización, sin derechos adquiridos. Cuidando a otros, vendiendo en la calle, sobreviviendo; y a quienes ahora el Estado llama “beneficiarios.
Mi tía Chela necesita esa pensión. La necesita de verdad. Como ella, millones de personas que envejecieron trabajando sin contrato, sin ahorro y sin nada que pudiera convertirse después en retiro. Tal vez por eso la discusión nunca termina de ser limpia, porque la pensión del bienestar tiene votos adentro; y sabemos bien que los votos, en este país, se financian de algún lado.
En ¿Para qué sirve la ética?, Adela Cortina cuenta que, a finales de 2011, en plena crisis financiera en España, un amigo economista le dijo que todos sabían lo que había que hacer. Cortina esperaba escuchar algo sobre los corruptos, los paraísos fiscales, quienes habían gestionado lo público como si fuera suyo; y no, la respuesta fue que había que reducir las pensiones; porque eso, explicó el economista con toda la calma del mundo, era lo más sencillo. Lo más sencillo.
Eso fue en España hace más de una década. Pero este argumento, como tantos otros, no envejecen porque describen algo que nunca cambia, y es que en los momentos de crisis siempre aparece alguien dispuesto a explicar, con toda la serenidad del mundo, por qué tienen que pagar los que menos pueden defenderse.
En México, en 2026 tenemos otro decreto, pero la misma lógica. El 10 de abril, el gobierno publicó en el Diario Oficial una reforma al artículo 127 constitucional. De golpe, más de 93 mil jubilados de Pemex, CFE, Banobras y Luz y Fuerza vieron reducidas sus pensiones hasta en un 60%. Personas que trabajaron décadas bajo una promesa, que eligieron quedarse, que renunciaron a otras cosas, que calcularon su futuro sobre un número que el Estado les había dado.
¿Y a quién le importa?
Los papeles donde el Estado promete proteger la vejez sirven poco cuando llega el momento de cumplirlos; están en un papel que no apareció cuando se publicó el decreto ni cuando decenas de miles de jubilados descubrieron que la promesa tenía fecha de vencimiento.
Pero sí apareció algo que funciona mejor: el nombre de “Pensiones doradas”. Dos palabras que hacen todo el trabajo sucio sin necesidad de argumentar nada, porque nadie defiende el oro cuando hay gente sin nada y nadie quiere ser el que protege el privilegio. El nombre ya decidió de qué lado estás antes de que abras la boca.
Lo que el nombre no dice es que detrás de esas pensiones hay contratos, negociaciones colectivas, décadas de trabajo bajo reglas que el propio Estado estableció y firmó. El artículo 14 constitucional establece que ninguna ley puede aplicarse en perjuicio de personas de manera retroactiva. No es nada más un tecnicismo; es el principio más básico del Estado de derecho, porque nadie puede cambiar las reglas cuando el juego ya terminó.
Llevo 25 trabajando dentro de ese principio; la mitad de mi vida he construido algo que siempre entendí como la promesa de que si cumples, el Estado cumple; que si entregas, recibes; que si trabajas toda una vida, hay algo esperándote al final. También los jubilados de Pemex y de CFE lo entendieron así; también cumplieron, también entregaron y también esperaron. Y el Estado les respondió con un decreto.
La vista siempre termina puesta en el mismo lugar de los que ya no pueden negociar, que ya entregaron su parte, que ya no están en edad de empezar de nuevo. Reducir lo que ya se prometió es sencillo; y ponerle un nombre que suene a exceso, más sencillo todavía.
También por decreto, me voy de mi encargo hasta 2028. Falta poco. Mi tía Chela tiene miedo de que los 6 mil 400 pesos que hoy le llegan mañana se vuelvan una ventanilla cerrada; los jubilados de Pemex y CFE, BANOBRAS, Luz y Fuerza, ya viven eso; los jueces y magistrados que marchan por Insurgentes, sin que nadie abra la puerta. Y yo, que paso los días interpretando lo que el Estado prometió y lo que el Estado cumplió, me quedo sin saber para dónde hacerme.
Es que en este país todo cae igual cuando el poder decide que es lo más sencillo. El contrato firmado y el beneficio concedido. La pensión dorada y la pensión del bienestar. Los de adentro y los de afuera.
Todos en el mismo redil, todos con el mismo miedo; y ninguno terminando de creer en un Estado que lleva décadas demostrando que sus pactos no son con Dios, sino con la conveniencia del momento.

