Entre informe y mitin: Sheinbaum mide fuerza, pero no resuelve el fondo

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REY ENIGMA

Por Luis Fernando Reyes

El mensaje presidencial defendió la soberanía, pero dejó abiertas dudas sobre seguridad, salud, democracia e inconformidad social.

El informe de Claudia Sheinbaum en el Monumento a la Revolución no fue solamente un ejercicio de rendición de cuentas. Fue, sobre todo, una demostración de fuerza política. La presidenta reunió a miles de simpatizantes, defendió los avances de su gobierno y colocó en el centro del discurso de mensaje de que México no aceptará injerencia extranjera en sus decisiones internas.

El acto se realizó a dos años de su triunfo electoral de 2024 y, de acuerdo con reportes basados en autoridades capitalinas, convocó a cerca de 130 mil personas. En el discurso, Sheinbaum presumió estabilidad económica, récord de inversión extranjera directa, desempleo de 2.5 por ciento y la creación de 669 mil empleos.

Sin embargo, el fondo político del informe no estuvo en las cifras, sino en el tono. La mandataria convirtió la rendición de cuentas en una defensa de soberanía frente a Estados Unidos, en medio de tensiones por investigaciones, solicitudes de extradición y señalamientos relacionados con políticos mexicanos, particularmente de Sinaloa.

Ahí aparece el primer punto crítico: defender la soberanía nacional es legítimo, pero también puede volverse una narrativa cómoda para desplazar los problemas internos. No todo cuestionamiento al gobierno viene de fuera, ni toda crítica debe leerse como ataque extranjero. México tiene razones históricas para desconfiar de presiones externas, pero también tiene una ciudadanía cansada de la inseguridad, la falta de medicamentos, la corrupción y la impunidad.

El discurso de Sheinbaum ayuda políticamente porque cohesiona a su base, le da identidad al proyecto de la 4T y coloca a la oposición en un terreno incómodo: el de parecer alineada con intereses externos. Pero no necesariamente ayuda a resolver la inconformidad social. Una plaza llena no sustituye una clínica con medicinas, una carretera segura, una fiscalía eficaz o una economía que realmente alcance en los hogares.

El segundo punto de quiebre está en la reforma sobre nulidad de elecciones por intervención extranjera. El Senado aprobó el dictamen con 85 votos a favor y 42 en contra, y lo remitió a los congresos locales. La intención puede sonar defendible: ningún país debería permitir que intereses externos contaminen sus elecciones. Sin embargo, el riesgo está en la ambigüedad. ¿Quién definirá qué es injerencia? ¿Una investigación extranjera? ¿Un financiamiento ilegal? ¿Una opinión internacional? ¿Una denuncia contra un político mexicano?

Si la norma no queda claramente delimitada, podría convertirse en una herramienta de presión electoral. En vez de proteger la democracia, podría abrir la puerta a la judicialización política de resultados incómodos.

El tercer punto es la seguridad. El gobierno puede presentar cifras, pero la percepción ciudadana se construye en la vida diaria. Para la población no basta hablar de soberanía si en regiones del país persisten extorsiones, desapariciones, cobros de piso, violencia en carreteras y temor frente al crimen organizado. Ese es el choque entre el discurso nacional y la experiencia local.

También hay una contradicción interesante: una encuesta de Enkoll citada por EL PAÍS señala que 71 por ciento de los mexicanos apoya mayor colaboración con Estados Unidos contra el crimen organizado, aunque 65 por ciento rechaza la presencia de agentes extranjeros en territorio nacional. Es decir, la ciudadanía no necesariamente pide aislamiento; pide cooperación, pero con límites claros.

Por eso el mensaje de Sheinbaum simboliza dos cosas al mismo tiempo. Por un lado, una presidenta que busca mostrarse firme, nacionalista y con control político. Por otro, un gobierno que empieza a enfrentar el desgaste entre lo que se presume desde el templete y lo que muchas personas viven en hospitales, calles, comunidades y zonas golpeadas por la violencia.

La soberanía no debe ser solo una bandera para discursos masivos. También debe significar que el Estado mexicano tiene capacidad real para proteger a su gente, garantizar justicia, evitar abusos de poder y responder sin pretextos. Si el gobierno usa la injerencia extranjera como defensa política, pero no atiende los reclamos internos, el mensaje puede terminar siendo fuerte hacia afuera, pero insuficiente hacia adentro.

En conclusión, el informe sí le ayuda a Sheinbaum como acto de unidad y control político. Pero como respuesta a la inconformidad social, queda corto. Porque la ciudadanía no solo quiere escuchar que México no se subordina ante nadie; también quiere comprobar que el gobierno puede resolver lo que ocurre dentro del país.

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