ECO DE LA MAÑANA
Por Azucena Ponce Figueroa
Nunca me ha gustado hablar de política. Casi siempre termina abriendo la puerta a discusiones, molestias y divisiones por personajes a quienes, siendo honestos, difícilmente les interesamos más allá de un voto, una fotografía o una reacción en redes sociales. Pero esta vez me parece inevitable hacerlo porque el tema rebasa cualquier diferencia partidista y tiene que ver con la manera en la que se ejerce el poder y la peligrosa normalización de prácticas que deberían preocuparnos a todos. Hablo del audio filtrado del presidente municipal de Pachuca, Alberto Reyes, ese mensaje que supongo iba dirigido únicamente a gente de confianza y que terminó exhibiendo mucho más que una simple campaña de comunicación. Porque una cosa es informar a la ciudadanía y otra muy distinta es presionar a trabajadores para convertirse en promotores obligados de una imagen pública.
Después de que el audio se difundiera, el alcalde dijo que era real, en algún momento creí que diría que se trataba de IA. Él justificó sus palabras asegurando que todo formaba parte de una estrategia de comunicación para mantener informada a la ciudadanía. Perdone usted, presidente, pero cuesta muchísimo creerlo. Y no porque el discurso institucional sea innecesario, al contrario; hoy más que nunca los gobiernos deberían mejorar en ese sentido, siendo más claros y con mayor cercanía. El problema es que lo que la gente escuchó en ese audio no fue organización ni profesionalismo; la presión, condicionamiento y la amenaza cuidadosamente disfrazada de amabilidad, destacaron. Porque frases como “dar las gracias” o “si a ustedes no les importa, a nosotros tampoco nos va a importar” pueden sonar diplomáticas para quien las dice, pero para quienes dependen laboralmente de una administración pública el mensaje tiene otro peso. Y eso no puede minimizarse diciendo después que solamente se trataba de mover publicaciones en redes sociales.
Lo verdaderamente preocupante es la enorme confusión que existe entre propaganda y comunicación pública. Una verdadera estrategia digital no se improvisa exigiendo likes, comentarios o compartidos desde cuentas personales e incluso falsas, del recurso humano. Tampoco consiste en inflar artificialmente números para aparentar respaldo ciudadano. Construir una presencia sólida en redes requiere muchísimo más que eso. Implica análisis, planeación, segmentación de audiencias, objetivos claros, generación de contenido útil, creatividad, constancia y, sobre todo, autenticidad. Las personas no conectamos con la obligación; sino con la verdad, y ningún algoritmo puede sustituir la percepción cotidiana que tiene la ciudadanía sobre el trabajo real de sus gobernantes.
Porque hay algo que muchos equipos políticos todavía no entienden: los números pueden comprarse, manipularse o forzarse, pero la credibilidad no. La simpatía pública no nace del miedo a perder un empleo ni de la presión interna dentro de una administración. Se construye con resultados visibles y con coherencia. Se gana cuando la gente siente que las calles mejoran, que los servicios funcionan, que la seguridad existe y que sus autoridades realmente entienden las necesidades diarias de quienes viven en la ciudad. De nada sirve llenar Tik Tok de videos casuales, si afuera de la pantalla hay continúa molesta, cansancio y decepción.
Y sí, debo admitir que he visto algunos de los contenidos que sube el presidente municipal. Videos preparando un taco con tortilla recién hecha y sal, grabaciones buscando mostrarse cercano, escenas cotidianas intentando generar empatía popular. Entiendo perfectamente la intención detrás de ello: humanizar la figura pública, acercarse a la gente, parecer sencillo y accesible. La política moderna funciona mucho alrededor de la imagen y eso no es un secreto para nadie. Pero justamente por eso sorprende que nadie dentro de su equipo tenga el valor de decirle que lo popular no siempre es sinónimo de auténtico y que lo excesivamente fabricado termina percibiéndose vacío. El populismo digital tiene fecha de caducidad cuando no viene acompañado de resultados.
Porque los ciudadanos ya no somos tan ingenuos como algunos creen. La gente distingue perfectamente cuándo una publicación genera conversación real y cuándo solamente acumula interacciones forzadas. Se nota cuando un comentario nace del entusiasmo y cuando fue escrito por compromiso. Se nota cuando una administración intenta construir comunidad y cuando únicamente busca alimentar el ego político de alguien. Y ahí es donde surge la pregunta más importante: si el trabajo gubernamental fuera realmente sólido, ¿habría necesidad de exigir apoyo digital a empleados municipales? La aprobación auténtica no necesita amenazas disfrazadas de sugerencias.
Incluso personajes como Chumel Torres llegaron a mostrar sorpresa por la cantidad de seguidores y movimiento alrededor de estas cuentas. Y eso podría haber sido una gran oportunidad para demostrar que detrás de las cifras existía una administración moderna, transparente y cercana. Sin embargo, terminó ocurriendo lo contrario: quedó expuesta una preocupante obsesión por la apariencia. Porque cuando un gobierno dedica más energía a perseguir corazones que a escuchar las críticas ciudadanas, algo está profundamente mal enfocado.
Estoy de acuerdo con el hecho de que la comunicación pública debe servir para informar, orientar, transparentar y acercar instituciones a las personas. Pero no para presionar trabajadores ni convertir la estructura oficial en un ejército de promoción digital. Un servidor público no tendría que preocuparse por cuántos likes dio durante el día para quedar bien con sus superiores. Bastante tienen ya con cumplir sus responsabilidades laborales. Y la ciudadanía tampoco tendría que sentirse obligada para fabricar aprobación donde no existe.
Ojalá esta situación sirva para algo más que unos días de escándalo en redes. Ojalá alguien dentro de esa administración entienda que gobernar no significa controlar la conversación pública, sino responder a ella con madurez. Porque comunicar bien no es llenar internet de videos; es generar confianza. No es aparentar cercanía sino ejercerla realmente. No es imponer apoyo sino merecerlo. Y, sobre todo, no es utilizar el poder para intimidar silenciosamente a quienes dependen de un salario. La autoridad debería ejercerse con responsabilidad, con inteligencia y con respeto, sobre todo para quienes día con día tienen de ejemplo a la más alta figura municipal.
Al final, los ciudadanos comunes, los que no trabajamos en una oficina pública ni recibimos instrucciones para reaccionar a publicaciones oficiales, seguimos otorgando nuestra aprobación de la manera más simple y más difícil de conseguir, observando resultados. Ahí no hay filtros, bots ni cuentas alternas que ayuden. Ahí solamente habla el trabajo real.
Ya por último en este incomodo tema y por si faltara algo, el comentario al respecto del gobernador de Hidalgo, Julio Menchaca asegurando que las palabras del alcalde fueron sacadas de contexto y que nunca se habló específicamente de dar likes o participar en redes sociales. Pero más allá de tecnicismos o intentos de suavizar el discurso, la amenaza fue demasiado clara para quienes escucharon el audio completo. Porque no hace falta mencionar literalmente una palabra para entender el mensaje detrás de ella. A veces la intención pesa mucho más que cualquier aclaración posterior. Lo preocupante no es únicamente lo que se dijo, sino la facilidad con la que después se intenta reducir todo a una mala interpretación ciudadana. Aunque, siendo sinceros, y para su fortuna, saben perfectamente cómo funcionan hoy las controversias públicas, el escándalo dura unos días, las redes encuentran un nuevo tema y la indignación colectiva termina diluyéndose. Eso también forma parte de la comunicación política moderna y, seguramente, de cualquier manual de manejo de crisis. Un buen asesor en esta materia sería de gran ayuda, porque apostar al olvido siempre será más sencillo que asumir responsabilidades. Pero aun cuando las tendencias cambien y las conversaciones digitales se apaguen, la actitud de Jorge Reyes confirma que para su gobierno la percepción interesa más que el fondo, que el control de la narrativa continúa siendo prioridad sobre la autocrítica y que efectivamente, su personal no vale nada sino le da like a sus publicaciones.

