- ECO DE LA MAÑANA
Por: Azucena Ponce Figueroa
El enorme desgaste que produce intentar controlar todo porque esta es una batalla perdida.
Hay algo que hacemos casi todo el tiempo, adelantarnos a lo que todavía no ocurre, planeamos una y otra vez, repasamos conversaciones, imaginamos desenlaces y buscamos tener todo bajo control, convencidos de que así evitaremos que las cosas salgan mal. Y, sin darnos cuenta, terminamos viviendo dos veces el mismo problema: primero en nuestra imaginación y, si realmente sucede, después en la realidad.
Controlar parece una forma de protegernos, pero muchas veces solo es una manera de desgastarnos. Qué agotador debe ser vivir creyendo que todo depende de uno. No podemos elegir las circunstancias de la vida, pero sí la manera en que las enfrentamos.
Hay días en que las cosas salen exactamente al revés de lo proyectado. creo que simplemente son parte de vivir. Porque la vida nunca nos prometió que todo saldría bien. Solo nos dio la oportunidad de decidir quién queremos ser cuando las cosas no salen como esperábamos. Eso requiere mucho más valor que intentar controlar el resultado. También implica aceptar algo que a muchos nos cuesta trabajo: no somos responsables de todo. Cargar compromisos ajenos termina robándonos la paz. Y la paz es demasiado valiosa como para entregarla tan fácilmente.
Hay personas que se acuestan agotadas sin haber hecho un gran esfuerzo físico, sino mental y emocional, su empatía los rebasa y se compran problemas y preocupaciones ajenos y lo preocupante es que en muchos de los casos resuelven, es su super poder, sentir que son indispensables, es modo de vivir, el control que logra y les satisface.
Esta actitud proviene de lo aprendido, lo heredado, lo que creemos que debemos hacer y que nos corresponde, por eso el sentimiento de culpa aparece si no logramos controlar al cien alguna situación. Existe una línea muy delgada entre ser responsables que implica hacer bien nuestra parte, y el controlar, que significa pretender dirigir también la parte de los demás, la del destino e incluso la del tiempo. Y esa, es una tarea imposible. Sin embargo, seguimos invirtiendo una enorme cantidad de energía intentando doblar la realidad a nuestros deseos.
Aceptar que no todo depende de nosotros no significa renunciar al esfuerzo, sino, entender dónde termina nuestro compromiso y dónde comienza la libertad de los demás. Hay una enorme diferencia entre hacer todo lo posible y querer decidir el resultado.
Llega el momento en que sí o sí, soltamos, porque así lo exige la vida, cada quien que viva la propia, con sus decisiones y consecuencias, esto representa un avance en lo personal que no solo beneficia a quien controla, sino a quienes a su alrededor han permitido directa o indirectamente que les solucionen y se aprende a hacer lo mejor posible con aquello que depende de cada quien y su alcance, justo ahí, sin grandes discursos ni fórmulas complicadas, comienza una forma mucho más ligera y, paradójicamente, mucho más fuerte de existir.

