EN MI SANO JUICIO
Por Bertha Orozco
La infidelidad ajena tiene ese vicio inconfesable que nos pega a la ventana del vecino. Digámoslo con sinceridad: hay algo extrañamente reconfortante en ver cómo su salón se llena de humo mientras acá nos sentimos, por un momento, a salvo en nuestro propio sofá. Nos pegamos a la pantalla para rastrear el mensaje mal borrado, el frasco de mermelada o ese “fan de su relación” que hoy ya es el epitafio oficial de cualquier desastre. Miramos esas vidas buscando un consuelo mudo: si a ellas les pasa, que lo tienen todo, entonces no es que tengamos muchos defectos. Es más fácil analizar el caos de los famosos que admitir que el silencio en nuestra propia cocina también nos está quemando: vemos la paja en el ojo ajeno.
El despecho se vende de maravilla porque la estabilidad nos da sueño: ¿quién ha hecho fila para escuchar a una pareja contar que anoche cenaron sopa y se dieron las buenas noches con un beso? Shakira factura millones con cada lágrima; Cazzu se reinventa bajos los reflectores, convirtiendo lo roto en un negocio de éxito. Pero a nuestra mayoría no nos alcanza para tanto; no tenemos una gira mundial ni un ejército de fans esperándonos en la puerta de un juzgado para aplaudirnos a la salida. A veces solo nos da para cantar, desafinadísimo, en el coche o cuando nos bañamos, sin más aplausos que el silencio de la casa y sin más facturación que la cuenta de la terapia.
Esa es nuestra justicia de a pie: una canción a gritos y una cara de lástima o una sonrisa de complicidad cuando nos cruzamos con alguien que, como nosotras, está intentando juntar los platos rotos.
Yo misma intenté gestionar la infidelidad con mucha sofisticación (ahora ya sé que era puro miedo). En lugar de romper platos, me puse a estudiar y subrayé textos sobre monogamia cultural y pactos implícitos, me convencí del argumento biologicista de que la fidelidad es antinatural. Mi terapeuta, me soltó una vez la verdad en la cara: “Estás usando la inteligencia para no moverte, analizando el incendio para no tener que apagarlo”. Porque en el otro reino animal, no se firman hipotecas ni se organizan navidades con los suegros. Ellos no prometen una vida mientras ven la salida de emergencia.
Cantamos. Ellas facturan. Nosotros sobrevivimos, Shakira convierte la herida en números récord; Cazzu, en declaración pública, en empoderamiento. El despecho tiene escenario, luces y patrocinadores, el dolor se vuelve mercancía y, de algún modo, eso también repara. Pero no siempre termina en canción.
Hace décadas, la traición no solo llenaba sobremesas ni mesas de café; llenaba códigos penales. Las viejas tesis de la Suprema Corte de Justicia de México no son novelas de Emily Bronte; están impresas en el Semanario Judicial; hablan de “defensa del honor”, de “choque espiritual terrible”, de homicidios cometidos al sorprender el adulterio. Hubo un tiempo en que la ley hablaba un lenguaje que habría buscado matices en el arrebato, justificando la violencia bajo el pretexto del honor herido. Hace unos días, un funcionario brasileño asesinó a sus hijos tras descubrir una infidelidad y luego intentó quitarse la vida. El horror es indiscutible, pero si se leen aquellas viejas tesis, se entiende que la ley habría buscado atenuantes, hubiera hablado de emoción violenta. Hoy ya no.
En estos momentos eso resulta impensable, y qué bueno. La evolución constitucional nos muestra que la igualdad obliga a los tribunales a rechazar cualquier argumento que pretenda justificar la violencia. La traición dejó de ser una excusa para el horror, pero ahora nos movemos hacia otro lugar. En tiempos recientes, la Suprema Corte tuvo que pronunciarse sobre otra cara del problema: no si la infidelidad justifica violencia, sino si genera indemnización.
En el amparo directo en revisión 183/2017, la Corte sacó sus gafas de leer y decidió que el matrimonio no es un pagaré. Al menos no uno que se pueda cobrar en el juzgado. Fue un carpetazo a la expectativa romántica: el “libre desarrollo de la personalidad” incluye la libertad de dejar de amar, aunque se haga de forma espantosa. Lo entiendo. Y aun así duele. El Estado, simplemente dice: en el amor no me meto.
La historia no se agota ahí, porque mientras la Corte cierra la puerta a indemnizar el “cuerno”, la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia describe la infidelidad como una posible forma de violencia psicológica cuando daña la estabilidad emocional. La misma palabra vive en dos lugares distintos del sistema: en uno es libertad, en otro es agresión. No hay contradicción, sino un límite. No toda la infidelidad es violencia, pero tampoco es siempre irrelevante.
Y cuando eso termina en un juzgado, ya no hay playlist que ayude. Hay casos que transcurren en la penumbra de lo común, donde el engaño poco a poco acaba con el otro. No es lo mismo equivocarse que volver al engaño una herramienta, no es lo mismo romper un vínculo que usarlo para empequeñecer al otro: “son imaginaciones tuyas”, “estás exagerando”, mientras las señales están a la vista. Ahí, la infidelidad deja de ser un asunto íntimo para transformarse en una forma de invalidar la estabilidad de la pareja.
Está bien, a nadie puede obligársele a ser fiel en respeto a la ley, el respeto a la integridad psicológica de quien comparte nuestra vida es lo mínimo que se exige. La diferencia entre el tropiezo que lastima y la conducta que violenta está en si el acto fue una decisión desafortunada o un instrumento para desestabilizar al otro. Es una frontera sutil que todavía estamos aprendiendo a trazar.
¿En qué momento lo que sucede en la alcoba deja de ser privado para convertirse en un tema de justicia? Es una duda que no busca culpables rápidos, sino una reflexión más honda sobre cómo cuidamos la confianza que los otros depositan en nosotros.
Tal vez el amor no tenga precio, pero el daño sí deja huella. Es un tema que necesita tiempo y mucha calma. La respuesta no la tengo ahorita. La seguimos en la próxima.

