No es una guerra lejana: el costo global de escalar contra Irán

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  • REY ENIGMA

Por: Luis Fernando Reyes

Lo que ocurre este 18 de marzo de 2026 en Medio Oriente ya no puede leerse como un choque aislado entre Irán y Estados Unidos. La escalada involucra también a Israel y ha entrado en una fase más delicada: ya no se concentra solo en objetivos militares, sino que alcanza a figuras clave del poder iraní, instalaciones energéticas y una de las rutas marítimas más sensibles del planeta, el estrecho de Ormuz.

La confirmación de la muerte del ministro de Inteligencia iraní, Esmail Khatib, junto con nuevos ataques contra infraestructura gasífera en el sur de Irán, muestra que la lógica de esta guerra dejó atrás cualquier discurso de “contención”. Hoy el mensaje parece ser otro: golpear el corazón político, económico y estratégico del adversario, aunque el costo regional y mundial se dispare.

Y ahí está el punto más preocupante. Cuando una guerra toca la energía, deja de ser un problema exclusivamente regional. Reuters reportó daños en instalaciones vinculadas a South Pars y advertencias iraníes contra infraestructura de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar; al mismo tiempo, AP informó que el petróleo rebasó los 108 dólares por barril en medio del temor a una interrupción mayor del suministro. No se trata solo de bombas y misiles: se trata del impacto en precios, transporte, inflación y estabilidad económica para países que ni siquiera participan directamente en el conflicto.

El caso del estrecho de Ormuz agrava todavía más el escenario. Aunque no está cerrado por completo, Irán mantiene restricciones, inspecciones y amenazas que han reducido drásticamente el tránsito marítimo, según El País. En otras palabras, sin declararlo formalmente, Teherán ya está usando una arteria del comercio mundial como instrumento de presión política y militar. Eso confirma que esta guerra no solo se pelea en el aire o en tierra, sino también en los mercados y en las rutas de abastecimiento.

Desde una lectura crítica, lo más grave es que cada actor insiste en justificar sus acciones como respuesta necesaria, mientras el conflicto se ensancha y normaliza niveles de riesgo que hace apenas unas semanas habrían parecido inaceptables. El ataque reportado cerca de la planta nuclear de Bushehr, aunque sin daños según las autoridades iraníes y la información retomada por Reuters, es una señal de hasta dónde puede empujarse esta confrontación. Jugar al límite alrededor de infraestructura nuclear y energética no es una estrategia de fuerza inteligente; es una apuesta peligrosa cuyas consecuencias pueden salirse del control de todos.

La discusión de fondo no debería ser quién golpeó más fuerte, sino quién está dispuesto a frenar antes de que la región entre en una espiral todavía peor. Porque cuando una guerra deja de castigar solo al enemigo y empieza a amenazar el equilibrio energético mundial, la navegación comercial y la seguridad nuclear, ya no hay victorias limpias. Lo que hay es una crisis más amplia, más costosa y mucho más difícil de contener.

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