- EL TLACUILO
Por: Arturo Moreno Baños
Conoces a Victoriano Huerta: “El Chacal”, el borracho que asesinó al presidente Madero y se apoderó de México. Y seguramente te imaginas a un beodo tambaleante de caricatura. La verdad sobre su bebida es real, más extraña, y viene con un remate negrísimo.
El veneno de Huerta era el coñac, específicamente las marcas francesas Hennessy y Martell, que bebía en cantidades enormes. Lo amaba tanto que tenía una frase famosa: decía que odiaba a todos los extranjeros, salvo a los que se apellidaran Hennessy y Martell. Sus “dos mejores amigos extranjeros”.
Y no era un hábito de sobremesa. Huerta casi no gobernaba desde el Palacio Nacional. Consumido por la paranoia de que sus enemigos lo envenenaran, dirigía el país desde los cafés y desde el asiento trasero de su Cadillac, fuertemente custodiado, empinándose el coñac, comiendo solo fritangas de la calle para que nadie pudiera envenenarle el plato. Según varias versiones, juró el cargo de presidente estando borracho.
Y aquí está el remate que le regaló la historia. Cuando Huerta agonizaba en 1916, exiliado en El Paso, todos sospechaban que Estados Unidos lo había envenenado. Pero sus verdaderos asesinos no eran agentes americanos. Su hígado se había podrido tras décadas de coñac. Cirrosis. Como lo dijo un colega historiador: no debió culpar a Washington, sino a sus dos mejores amigos extranjeros, Hennessy y Martell.
Pero esto es lo que no te cuentan. El Huerta borracho y tambaleante que todos imaginamos lo construyeron, en buena parte, sus enemigos: los revolucionarios que lo derrocaron y luego escribieron la historia. Magnificaron su bebida, se burlaron de sus raíces indígenas huicholes e inventaron una afición a las drogas (la canción de “La Cucaracha” era una burla a su supuesto consumo de mariguana).
El Huerta real era un bebedor pesado, sí, pero funcional y aterradoramente lúcido. Sus propios hombres decían que “cuanto más bebía, más se le aclaraba el cerebro”, y hasta se fingía borracho para espiar a quienes lo rodeaban. La botella era real. El bufón fue, en parte, una caricatura pintada por los hombres que lo vencieron.
Huerta fue un usurpador brutal que asesinó a un presidente y ahogó la primera democracia de México en sangre, y sí, también en coñac. Pero el borracho de la leyenda es, además, un recordatorio de una vieja verdad: los que ganan escriben la historia, y se aseguraron muy bien de que recordáramos al perdedor con una botella de Hennessy en la mano.
¿Cuánto de lo que “sabemos” de los villanos de la historia es verdad, y cuánto es el retrato que pintaron, a placer, quienes los vencieron?

