- EL TLACUILO
Por: Arturo Moreno Baños
El vende patrias
El mito. La mayor acusación que le hizo la historia oficial al caudillo jalapeño, Antonio López de Santa Anna fue la de haber sido un vende patrias. Que los 2 millones 400 mil kilómetros cuadrados de territorio que México perdió en la guerra contra Estados Unidos (1846-1848), se debieron a su responsabilidad, además de Texas y La Mesilla.
La realidad. Santa Anna fue once veces presidente entre 1833 y 1855. En esos años, participó en tres conflictos internacionales que le costaron a México pérdida de territorio, pero sólo en uno vendió personalmente parte del territorio nacional y bajo circunstancias muy peculiares. El primer conflicto fue la guerra de Texas en 1836. Los texanos buscaban independizarse de México y fueron apoyados por mercenarios y filibusteros norteamericanos. Santa Anna levantó un ejército y fue a combatir personalmente a los texanos. Fue responsable de la pérdida de Texas, no porque la hubiera vendido a Estados Unidos, sino por su escaso talento militar y su exceso de confianza; luego de la victoria en El Álamo, decidió dormir una siesta en San Jacinto (21 de abril de 1836), a escasos 800 metros frente al enemigo; al despertar ya tenía a los texanos encima. Llevado prisionero a Washington se comprometió a convencer al gobierno mexicano de reconocer la independencia de Texas, lo cual no consiguió. El segundo conflicto fue la guerra entre México y Estados Unidos; nuevamente sus escasas luces para la guerra lo llevaron a perder todas las batallas en las que participó. Pero el tratado de Guadalupe-Hidalgo, con el cual México cedió la mitad de su territorio a cambio de 15 millones de pesos, no fue firmado por Santa Anna, además de que ya no era presidente de la República. Al caudillo jalapeño sólo se le puede acusar de haber vendido personalmente el territorio de La Mesilla, cerca de 77 mil kilómetros cuadrados que se localizan entre los estados de Arizona y Nuevo México. Fue una venta obligada porque el gobierno de Estados Unidos amenazó al gobierno mexicano, que encabezaba Santa Anna de iniciar una nueva guerra si no cedía dicho territorio. El presidente Santa Anna negoció la venta del territorio a cambio de 7 millones de pesos.
¿Veneno para Juárez?
El mito. Benito Juárez murió envenenado el 18 de julio de 1872. La responsable fue una mujer de nombre Oliveria del Pozo, apodada La Carambada, quien había sido dama de compañía de la emperatriz Carlota y perdió a su prometido a manos de los republicanos. Tras la caída del imperio y la muerte de Maximiliano, decidió cobrar venganza, y en una cena que le ofrecieron a Juárez pudo hacerse invitar y vertió, en una copa que le dio a Juárez, un veneno que se preparaba con una planta mortal, la veintiunilla, que hacía efecto 21 días después de beberlo, atacando el corazón sin dejar rastro alguno.
La realidad. Juárez murió de causas naturales. De acuerdo con el acta de defunción falleció de “neurosis del gran simpático” –parte del sistema nervioso que entre otras funciones se encarga de la aceleración del ritmo cardiaco-, además de que padecía angina de pecho. El presidente había dado muestras de que el corazón comenzaba a fallarle desde octubre de 1870, es decir, mucho antes del supuesto envenenamiento; cayó en cama por “una congestión cerebral” y problemas en el “gran simpático”. Un día antes de cumplir 66 años -20 de marzo de 1872-, Juárez mostró síntomas de que su corazón se deterioraba drásticamente. Su médico, el doctor Ignacio Alvarado diagnosticó angina de pecho. Estuvo unos días en cama y pidió al doctor no decirle nada a nadie de su afección. Entre abril y los primeros días de julio, Juárez recuperó su vida normal, y siguió despachando en Palacio Nacional, a donde había cambiado su residencia luego de la muerte de Margarita en enero de 1871. El 8 de julio, luego de la visita de unos niños del orfanatorio, Juárez sintió un dolor agudo en el pecho. En los siguientes días, sólo fue empeorando. A pesar de todo, don Benito no cuidó la dieta –muy alta en grasas-; dos días antes de morir comió sopa, tallarines, huevos fritos; arroz, bistec, frijoles, salsa de chile piquín, fruta y café. Además, media copa de vino, pulque y jerez. Por la noche bebió una copa de rompope. Del 17 al 18 de julio, Juárez sufrió una serie de ataques, que los médicos llamaron “calambres del corazón”, cada vez más dolorosos. Al caer la noche del 18 de julio le aplicaron morfina. Finalmente, a las 23 horas falleció.
¿Fraude óseo?
El mito. Unas semanas después de la visita del presidente estadounidense, Harry S. Truman a la ciudad de México (marzo de 1947), y de su declaración frente al monumento a los niños héroes “Un siglo de rencillas se borra con un minuto de silencio”, que abrió las heridas de la sociedad mexicana, se dio a conocer una noticia que ocupó las primeras planas de los diarios. Durante unas excavaciones al pie del cerro de Chapultepec se encontraron seis restos óseos que el gobierno anunció eran de los niños héroes. Los restos fueron autentificados por varios historiadores y por el Instituto Nacional de Antropología e Historia. Nadie se atrevió a contradecir la “verdad histórica”, avalada por el presidente Miguel Alemán, con un decreto donde declaró que aquellos restos pertenecían indudablemente a los niños héroes. En 1952 se inauguró su nuevo monumento –conocido hoy como el altar a la patria- y ahí fueron depositados los niños héroes, donde se encuentran hasta nuestros días.
La realidad. Los restos óseos que se encuentran en el altar de la Patria, no son los de los niños héroes. Aquel 13 de septiembre de 1847, cuando el ejército invasor asaltó el Castillo de Chapultepec, murieron más de 900 soldados, incluidos desde luego, los seis famosos cadetes. Se tiene documentado dónde cayeron muertos cada uno de los cadetes. Incluso, se sabe que Agustín Melgar murió días después, pero fue tal la cantidad de muertos regados en las laderas del cerro y en el castillo, que era imposible que alguien reuniera nada más a los 6 niños héroes y les dieran cristiana sepultura juntos. Los partes militares norteamericanos refieren que luego de la toma del Castillo, se recogieron los cadáveres de ambos bandos y fueron incinerados para evitar una posible epidemia. Los restos encontrados un siglo después (1947), seguramente son de combatientes de la batalla, pero era imposible que fueran los niños héroes.

